SEPARACIÓN AHORA, PERO NO PARA SIEMPRE

 

David Hulme

CGN, abril de 2025

 

Dios es santo, apartado del mundo. Jesús dijo que Él no era del mundo, y que sus seguidores no son del mundo. Estamos separados del mundo en el que vivimos, pero también estamos en el mundo. Además, somos enviados a él. Esto es importante para la comprensión de nuestra identidad: quiénes somos en el mundo y cómo debemos vernos y comportarnos en el mundo. Cuando entendemos nuestra identidad, la forma de entender el trabajo que debemos hacer en el mundo será la correcta.

¿Cuál es la responsabilidad de los llamados con respecto al evangelio—las buenas noticias del reino de Dios?

EL ESTADO DE TODA LA HUMANIDAD

Primero, veremos el proceso mediante el cual los miembros de la Iglesia llegaron a estar separados del mundo en tiempos del Nuevo Testamento. Pablo expone este proceso, describiendo la condición espiritual de su audiencia antes de que Dios interviniera en sus vidas: «Estaban muertos por sus delitos y pecados, en los cuales vivieron en otro tiempo, siguiendo la corriente [camino] de este mundo, siguiendo al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los desobedientes. Todos nosotros vivimos también en otro tiempo entre ellos en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, como los demás» (Efesios 2:1–3, Nueva Versión Estándar Revisada en todo el documento a menos que se indique lo contrario, énfasis añadido).

La humanidad es desobediente, está separada de Dios, fuertemente influenciada por Satanás, quien promueve la desobediencia al camino de Dios. Todos hemos actuado igual que el mundo a nuestro alrededor en cuanto a las obras de la carne.

Las naciones gentiles en particular estaban peor que los israelitas, quienes tenían un pacto con Dios. Las naciones estaban destinadas a «no tener esperanza y a vivir sin Dios en el mundo» (versículo 12). Los israelitas tenían a Dios, y eso les beneficiaba mientras cumplieran su compromiso. Pero todos caen bajo los mismos deseos de la carne; sin embargo, esto no impide que Dios continúe trabajando con su creación. Y eso tomaría un rumbo distinto una vez que Cristo viniera y que Israel lo rechazara. Dios llamaría a algunos de las naciones y ya no se enfocaría exclusivamente en el pueblo de Israel. De hecho, la mayoría de ellos sería salva solo después del fin de esta era, una vez que Cristo haya regresado, en el Milenio o en la segunda resurrección.

NUESTRO LLAMADO, NUESTRO ESTADO

De vuelta a Efesios 2: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo —por gracia [perdón inmerecido] han sido salvos—, y con él nos resucitó y nos sentó en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las inmensas riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia han sido salvos por medio de la fe, y esto no es de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:4–10).

 

«Somos pocos los que permanecemos, sin embargo tenemos un trabajo que hacer en un mundo muy diferente, y Dios todavía está llamando a algunas personas al arrepentimiento en diversos lugares del mundo».

 

Estamos separados del mundo, pero se requiere de nosotros que vivamos en él. Dios ha elegido solo a unos pocos para recibir perdón, para ser transferidos en embrión al reino de Dios, con un futuro en «los siglos venideros», se nos ha dado un estilo de vida distinto, para hacer buenas obras en este tiempo, bajo la guía de Dios. Noten que esto es «nuestro estilo de vida»: nuestro desafío continuo, porque el mundo nos presiona con su estilo de vida.

En Romanos 9–11, Pablo discute por qué más de entre su propio pueblo, los judíos, no respondieron a la primera venida de Cristo. Los israelitas habían sido separados del mundo a su alrededor por la elección de Dios para estar en una relación de pacto. Pero su falta de disposición para mantener esa relación mediante la obediencia al camino de Dios resultó en que Dios los cegara a las realidades espirituales. Cuando Cristo vino, solo unos pocos lo aceptaron, un remanente (Romanos 11:5, 7).

Juan también nos habla de esta ceguera. Hablando del Logos, quien vino como Jesús, dice: «Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo. En el mundo estaba y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no lo conoció. A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios, los cuales nacieron [griego gennao, “engendrados”], no de sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad de varón sino de [la voluntad de] Dios.» (Juan 1:9–13, RVA-2015).

UN ESPÍRITU DE ESTUPOR

Un espíritu de estupor es una condición dada por Dios a algunas personas (griego katanyxis)— una actitud insensible hacia los asuntos espirituales.

¿Por qué sucede esto? En Isaías, es la desobediencia del pueblo de Israel la que hace que Dios confirme la ceguera que Israel ya había provocado en sí mismo (Isaías 29:9–10). Este es el mismo problema al que Juan se refiere en su tiempo: «A pesar de que [Jesús] había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él. . . porque también dijo Isaías: ‘Ha cegado sus ojos y endurecido su corazón, para que no vean con los ojos, ni entiendan con el corazón, ni se conviertan, y yo los sane’. Isaías dijo esto porque vio su gloria y habló de él» (Juan 12:37,39-41).

Todo esto explica por qué Cristo tomó un enfoque indirecto con sus compatriotas. En el Evangelio de Mateo, Jesús también hace la conexión con la profecía de Isaías, y la parábola del sembrador escuchada por la multitud y la explicación dada a los discípulos (Mateo 13:10-17).

Unos pocos pueden entender y están separados de la sociedad que los rodea porque Dios se lo ha revelado a sus elegidos. Son los únicos que pueden responder con disposición a cambiar su manera de pensar para alinearse con Dios. El resto no puede volverse, o regresar a Dios, arrepentirse. Están cegados por Satanás (2 Corintios 4:3–4). Este es el mismo concepto del que Pablo habló cuando mencionó el «misterio de su voluntad» que Dios está revelando a algunos en esta era antes del regreso de Cristo (Efesios 1:7–10; Colosenses 1:24–26).

La definición de misterio (griego mysterion) se refiere a los planes privados de Dios, ocultos de la razón humana, revelados solo a algunos, pero mantenidos en secreto del mundo (según el BDAG Lexicon).

Jesús explicó el significado de la parábola a sus discípulos y presentó la acogida de «la palabra del reino» —cómo la gente reacciona ante ella y por qué— en cuatro grupos. Tres de los cuatro no aceptan la palabra a largo plazo (Mateo 13:18–23). Cristo no se dedicó a explicar directamente al pueblo las cosas referentes al reino de los cielos, porque no era su tiempo. En cambio, explica el significado a sus discípulos.

Esto es lo que hacemos al anunciar, mediante esfuerzo personal y colectivo, el mensaje del reino de Dios. Proclamamos en palabra y acción al mundo, según se nos presenta la ocasión, las buenas noticias del reino venidero de Dios que representamos.

Permítanme explicar de nuevo algo importante sobre Mateo 24:14: La predicación del arrepentimiento a todas las naciones es un testimonio para ellas de lo que ha de venir. El Sr. Armstrong dijo que anunciar la venida del reino de Dios definía la obra pública de la Iglesia. «Y este evangelio del reino será predicado [griego kerusso] en todo el mundo para testimonio [griego martyrion] a todas las naciones, y luego vendrá el fin.» (Mateo 24:14, RVA-2015). Esta es la declaración de un evento que marcaría el fin de esta era y la venida del reino de Dios (no como un predicador del mundo lo haría).

 

«Proclamamos en palabra y acción al mundo, según se nos presenta la ocasión, las buenas noticias del reino venidero de Dios que representamos».

 

Y testimonio (griego martyrion) es hacer culpables a los oponentes, lo cual los comentaristas ven como vinculado a la futura persecución del pueblo de Dios en el versículo 9. ¿Significa esto que proclamar el evangelio como testimonio no es algo que debamos hacer ahora? ¿O es la obra de la Iglesia permanentemente llevar a cabo la proclamación del evangelio?

Esto es muy importante para que lo entendamos a medida que llevamos a cabo una obra pública en los tiempos del fin. Hay un momento en el que se da testimonio, no tanto para que se arrepientan y crean, sino como testimonio contra ellos en los días de juicio por venir. Habrán oído testimonio positivo de que el reino de Dios viene. Comprender esto es fundamental. Si seguimos el camino de forzar el arrepentimiento y la conversión al público cuando Dios no los está llamando, nada bueno saldrá de ello. Dios es quien llama y convence.

La obra de la Iglesia es hacer lo que hizo Cristo, y eso es anunciar o proclamar la venida del reino de Dios en la Tierra, señalar lo que está mal en el comportamiento humano, y enseñar a aquellos que Dios llama a cómo superarse a sí mismos y a Satanás, y prepararse para un papel en ese reino. Es decir: presentar la información sobre el reino y la incompetencia humana, y si Dios está llamando, Él abrirá la puerta al arrepentimiento (ver Romanos 2:4).

ENFOQUES DEL ARREPENTIMIENTO

¿Qué hay de esas escrituras del Nuevo Testamento que mencionan la necesidad de arrepentirse? ¿Intentaron los primeros seguidores de Cristo hacer proselitismo?

Este asunto del arrepentimiento del mundo es un tema difícil, porque el arrepentimiento como concepto está nublado por lo que el cristianismo tradicional ha practicado: un enfoque misionero, que exige que todos sean proselitistas ahora en esta vida. Pero sabemos que el mundo no está siendo llamado ahora. ¿Pueden, por tanto, arrepentirse?

Es la bondad de Dios la que nos lleva al arrepentimiento (Romanos 2:4). Y Él se lo da a entender a la gente a su manera. A veces es el hijo o el nieto de un miembro quien se interesa. A veces es debido a una convicción que una persona tiene simplemente por leer la Biblia, y Dios puede entonces enviar a alguien para que le explique. Esto le sucedió a mi padre. O es alguien que está buscando, y trabaja junto a un miembro de la Iglesia que puede explicarle. O es una revista o una conexión en un sitio web que abre la puerta a más información. Pero en todos estos casos, el Padre ha encendido el deseo, la curiosidad: «Nadie puede venir a mí a menos que el Padre que me envió lo traiga; y yo lo resucitaré en el día final.» (Juan 6:44, RVA-2015).

VOLVER A DIOS

Cuando hablamos de arrepentimiento en tiempos del Nuevo Testamento, es importante pensar en el contexto. Muchas escrituras tratan de anunciarlo entre los judíos del tiempo de Jesús. Ellos sí sabían que Levítico y Deuteronomio prometían las bendiciones de Dios una vez más si «volvían» a Dios (ver Levítico 26:40–42; Deuteronomio 30:1–6).

El hebreo para «volver» es shub, que significa «regresar a Dios», y que llegó a traducirse como «arrepentirse» en español. Juan el Bautista y Jesús hablaron de este regreso o reconsideración de las obligaciones del pacto de Israel con Dios (el griego es metanoeo), lo que significa, respecto a Israel, cambiar la vida como resultado de un cambio completo de corazón y actitud con respecto al pecado, según la ley de Dios. No solo sentir tristeza, sino un cambio de corazón y mente hacia Dios. Esto no aplicaría a los no israelitas en ese tiempo que no estaban obligados por el Antiguo Pacto ni tenían la definición de pecado de parte de Dios. En Juan 1, Jesús vino a los suyos y ellos no le recibieron. Cuando fue a la región de Tiro y Sidón, y una mujer sirofenicia pidió ayuda, Él dijo a sus discípulos que fue enviado solo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, no a los gentiles (ver Mateo 15 y Marcos 7).

 

«El ángel trae buenas noticias a un mundo que no se ha vuelto a Dios a pesar de todo lo que ha sucedido al final. No se trata de arrepentirse, sino simplemente de anunciar las buenas noticias del reino de Dios.»

 

Juan el Bautista tuvo un papel específico de preparar el camino y un pueblo antes de Cristo entre los judíos, para que se volvieran al Dios de sus padres. Entre ellos había algunos que se convirtieron en discípulos y seguidores de Jesús (Mateo 3:1–3; Malaquías 3:1, 7). Así, «Juan el Bautista apareció en el desierto predicando [kerusso] el bautismo del arrepentimiento [metanoia] para perdón de pecados.» (Marcos 1:4, RVA-2015). Esta fue una situación específica respecto a la venida de Jesús y los israelitas bajo el Antiguo Pacto de ese tiempo. No es sorprendente entonces que el propio Jesús anunciara lo mismo: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar: ‘Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado’» (Mateo 4:17; ver también Marcos 1:14–15). Jesús envió a los doce a anunciar al pueblo judío que debían cambiar su manera de vivir y volver a los caminos de Dios (Marcos 6:12).

Jesús dijo a los escribas y fariseos, que lo juzgaban por comer con recaudadores de impuestos y otros, que había venido a ayudar a los pecadores entre su pueblo mostrándoles que debían volverse a Dios (Lucas 5:32).

¿Qué pasa con el arrepentimiento mencionado en Hechos 2:38? Nuevamente, se dirige a una audiencia específica en el Día de Pentecostés: hombres de Judea, personas en Jerusalén (versículo 14) y hombres de Israel (versículo 22). Al final del discurso de Pedro, algunos oyentes preguntan qué deben hacer; la respuesta es volverse a Dios, ser perdonados del pecado, ser bautizados, recibir el Espíritu Santo. Pero está limitado a «Todos cuantos el Señor nuestro Dios llame. . . los que recibieron su palabra con alegría» (versículos 39, 41, RVA-2015). Esto resuena con nosotros porque el Padre nos ha llamado a volver a Él, ser perdonados, aceptar el sacrificio de Su Hijo.

MODELO PARA HOY

Consideremos un modelo para nuestros tiempos respecto al anuncio de la palabra del reino de Dios: «Aunque Dios ha pasado por alto los tiempos de la ignorancia humana, ahora ordena a todos los pueblos del mundo que se arrepientan» (Hechos 17:30). Pablo está hablando a los locales y forasteros presentes en Atenas. Ya ha tenido conversaciones en la sinagoga, basadas en las Escrituras, pues hablaba con judíos, prosélitos y temerosos de Dios (versículo 17).

Pero dividía su tiempo entre la sinagoga y la plaza pública donde hablaba con quién pasara y escuchara, incluidos los filósofos. Y este es un nuevo contexto. ¿Cómo manejará Pablo el desafío comunicativo? ¿Puede usar el mismo enfoque que en la sinagoga?

«Y algunos filósofos epicúreos y estoicos discutían [griego “discutían enérgicamente”] con él. Unos decían: ‘¿Qué querrá decir este carroñero de chismes?’ Otros: ‘Parece ser anunciador de divinidades extrañas’ —porque predicaba [griego euangelizo, dar buenas noticias] a Jesús y la resurrección. Y lo tomaron y lo llevaron al Areópago, diciendo: ‘¿Podemos saber qué es esta nueva enseñanza que presentas?’» (Hechos 17:18–19, Biblia Estándar Americana 2020).

¿Era genuina su solicitud? Lucas nos dice: «Todos los atenienses y los forasteros que vivían allí no pasaban el tiempo en otra cosa que en decir o en oír la última novedad.» (versículo 21, RVA-2015). ¿Cómo practicará Pablo el ser todo para todos respecto a estos atenienses idólatras y escépticos?

Empieza hablando en términos generales. Reconoce su celo religioso por sus dioses. Da una descripción amplia del Dios al que reconocen, pero no conocen. Dice que este es el Dios creador que ha hecho a todos los hombres, y ha establecido sus límites. Dice que Dios quiere que lo busquen y lo descubran. Cita a uno de sus poetas, Arato, para respaldar su argumento: «somos linaje suyo». Así que, «Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad es semejante al oro, o a la plata, o a la piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres» (Hechos 17:29). Y: «Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan» (Hechos 17:30).

Pablo se refiere a los tiempos de ignorancia durante los cuales Dios permitió que el mundo pagano siguiera su camino. Pero ahora que Cristo ha venido, los tiempos de cambiar de mente y actitud han comenzado entre todos los pueblos.

De nuevo, la palabra griega traducida como «arrepentirse» es metanoeo. ¿Qué significaría para un filósofo ateniense que no conocía al Dios de Israel? Significaría «cambiar de opinión sobre algo», y no «reconsiderar sus caminos» como israelitas en pacto con el Dios de Israel.

Debían entender y cambiar su visión de Dios como ídolo, lo cual Pablo les explicó que no era correcto. Necesitaban cambiar de mente y entender a Dios como un Ser viviente. La palabra metanoeo —cambiar la mente y comprender quién es Dios— es descriptiva de lo que Dios ha puesto en marcha, y no prescriptiva de lo que los atenienses y todos en todas partes deban hacer de inmediato (a menos, por supuesto, que Dios los estuviera llamando individualmente). ¿Significa esto que ahora todos podían arrepentirse? Claramente no, de lo contrario todos o la mayoría se habrían arrepentido. Entendemos que este no es el único día de salvación.

Al final de esta era, un ángel va a euangelizo —«traerá buenas noticias»— las buenas noticias de la intervención y juicio de Dios: «Vi a otro ángel que volaba en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno [euangelion] para predicarlo [euangelion] a los que habitan en la tierra: a toda nación y raza y lengua y pueblo. Decía a gran voz: “¡Teman a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio! Adoren al que hizo los cielos y la tierra y el mar y las fuentes de las aguas”.» (Apocalipsis 14:6–7, RVA-2015). El ángel anuncia o declara buenas noticias a un mundo que no se ha vuelto a Dios a pesar de todo lo que ha ocurrido al final. No se trata de arrepentirse, sino simplemente de anunciar las buenas noticias del reino de Dios.

 

«¿Significaba [metanoeo] que todos podían arrepentirse ahora? Claramente no, de lo contrario todos o la mayoría se habrían arrepentido.»

 

Solo unas pocas personas respondieron a los mensajes de Pablo en Atenas. Fueron los que Dios llamó en ese momento, los que aprendieron sobre el verdadero Dios y quisieron cambiar con su ayuda. Los demás no prestaron atención a la mención de que Dios ahora mandaba a todos los hombres cambiar de mente y actitud: «Cuando le oyeron mencionar la resurrección de los muertos, unos se burlaban, pero otros decían: ‘Te oiremos acerca de esto en otra ocasión’. Así fue como Pablo salió de en medio de ellos, pero algunos hombres se juntaron con él y creyeron. Entre ellos estaba Dionisio, quien era miembro del Areópago, y una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos.» (Hechos 17:32–34, RVA-2015).

En los días de la Iglesia del Nuevo Testamento hubo un crecimiento considerable; luego hubo oposición desde dentro y desde fuera. La Iglesia en gran parte desapareció de la vista; se convirtió en un pequeño rebaño. Por un tiempo corto en el siglo XX, la Iglesia creció bastante; luego fue nuevamente atacada desde dentro y desde fuera, y muchos se apartaron. Somos algunos pocos los que permanecemos, y seguimos teniendo una labor que llevar a cabo en un mundo muy diferente, y Dios todavía está llamando a algunas personas al arrepentimiento en diversos lugares del mundo.

EL FINAL DE LA SEPARACIÓN

Pero llegará un tiempo cuando la separación entre Dios y la humanidad terminará, cuando el arrepentimiento será posible para la mayoría de los que hayan vivido.

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más. Y yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de parte de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo. Oí una gran voz que procedía del trono diciendo: ‘He aquí el tabernáculo de Dios está con los hombres, y él habitará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. No habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron’» (Apocalipsis 21:1–4, RVA-2015).

«No vi en ella templo, porque el Señor Dios Todopoderoso, y el Cordero, es el templo de ella. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna, para que resplandezcan en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lámpara. Las naciones andarán a la luz de ella, y los reyes de la tierra llevan a ella su gloria. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán a ella la gloria y la honra de las naciones. Jamás entrará en ella cosa impura o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Apocalipsis 21:22–27, RVA-2015).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Citas bíblicas tomadas de la Nueva Versión Estándar Revisada (©1989 Consejo Nacional de las Iglesias de Cristo en los Estados Unidos de América), a menos que se indique lo contrario. Usadas con permiso. Todos los derechos reservados a nivel mundial.

 

© 2025, Iglesia de Dios, una Comunidad Internacional