NUESTRO VIAJE HACIA EL REINO
Jim Yarbrough & Pam Yarbrough
CGN,
Agosto 2024
Utilizando una búsqueda genealógica y de ADN en
nuestros antecedentes familiares (con un servicio como Ancestry DNA o 23andMe,
por ejemplo), rápidamente nos daríamos cuenta de que personas de las que nunca
hemos oído hablar —de todo el mundo— están genéticamente relacionadas con nosotros.
Podríamos sorprendernos al descubrir que hay muchos grupos familiares
diferentes entre nuestros antepasados. Y, por supuesto, en algún momento del
pasado remoto de la humanidad, descubriríamos los antepasados comunes de todos
nosotros. Puede que todos estemos relacionados; todos tenemos un origen común.
Sin embargo, cada uno de nuestros lugares en esa familia física es único. Nadie
diría que somos intercambiables.
Es lo mismo con nuestra familia de la Iglesia. Todos
pertenecemos a una familia espiritual que se remonta a Dios el Padre; todos
estamos conectados con nuestro hermano mayor, Jesús; y cada uno de nuestros
lugares en nuestra familia espiritual también es único.
Cuando aceptamos el llamado de Dios, comenzamos a
crecer en la identidad de nuestra nueva familia espiritual, cada uno a través
de diversas rutas. El viaje que experimentamos desde entonces ha dependido de
numerosas cosas, algunas de las cuales incluían: en qué momento de nuestra vida
Dios nos llamó; dónde estábamos; cuáles habían sido nuestras experiencias
pasadas; nuestros niveles de habilidades, conocimiento y motivación; los
efectos de las pruebas continuas, y —lo más importante— el plan específico de Dios para cada uno de nosotros.
En cuanto a nuestras experiencias pasadas, algunos de
nosotros nacimos en una familia que ya estaba en la Iglesia; algunos estábamos
casados y otros no; algunos eran producto de una estructura familiar fuerte y
otros no. Algunos de nosotros crecimos en lo que podría describirse como
familias disfuncionales; algunos estaban enfermos o discapacitados; y algunos
pueden haber experimentado una vida muy trágica hasta el momento en que
decidimos comprometernos con el estilo de vida al que Dios nos llamó. Necesitamos
considerar las situaciones especiales de cada uno de nuestros hermanos y
hermanas.
Dios ha dado diferentes oportunidades, fortalezas y
desafíos a cada persona. En Mateo 25, Jesús indicó que sus siervos reciben
diferentes asignaciones: “A uno dio
cinco mil monedas, a otro dos mil, y a otro mil. A cada uno dio conforme a su
capacidad.” (Mateo 25:15)
Está claro en esta parábola que, entre los llamados al
Cuerpo de Cristo, quienes escuchan y entienden la verdad, Dios otorga
diferentes “talentos.” Quizás esto involucre tiempo, habilidades, comprensión,
dones de servicio u otros factores. Algunas personas estarán más motivadas que
otras, algunas pueden trabajar más duro para producir fruto y, para otras,
ciertas cosas simplemente resultan más fáciles. Y todos comenzamos en
diferentes lugares de nuestro viaje. Así que, cuando los miembros difieren en
la cantidad de incremento o fruto que llevan, sea cual sea, no es
necesariamente algo malo. Para algunos, llevar una pequeña cantidad de fruto
puede ser un gran paso adelante. Las diferencias en el fruto pueden ser el
resultado del esfuerzo individual, o de las diferencias en los antecedentes y
los dones específicos que Dios les ha dado. Lo más importante es algún grado de
progreso o crecimiento a lo largo de nuestras vidas.
Con respecto a los efectos de las pruebas continuas,
es útil considerar que Dios está a cargo del proceso que conduce a nuestro
destino final, y Él guiará constantemente la ruta y el tiempo de nuestro viaje
individual en la vida para lograr lo que Él quiere para nosotros. Nuestra fe en
su guía y la fortaleza de nuestra relación con Él influirán en la fluidez con
la que naveguemos por el viaje.
"Dios permite diferentes ensayos y pruebas que se
encontrarán en el camino. Dios sabe lo que cada persona necesita para alcanzar
el carácter y la experiencia necesarios para el futuro en su reino. Somos muy
importantes para Dios, y Él desea mucho que alcancemos el reino. Por lo tanto,
podemos estar seguros de que Dios continuará involucrado en nuestras vidas y
guiará nuestros caminos."
NUESTRO DESTINO
Para cada uno de nosotros, el destino de nuestro viaje
es idéntico: entrar al reino como primicias en la familia de Dios. Pero es
importante destacar que la ruta que seguimos en nuestro propio GPS personal es
diferente para cada miembro. Dios ha personalizado individualmente el número,
el momento y el tipo de desvíos (pruebas) necesarios para cada viajero, para
asegurarse de que, cuando lleguemos a nuestro destino, poseeremos las
cualificaciones necesarias como hijos únicos de Dios. El requisito para la admisión
es idéntico para cada uno de nosotros: carácter santo.
Aunque cada miembro comparte el destino final del
reino de Dios, nuestros roles específicos en el reino pueden ser diferentes y estar
fundamentados en nuestras fortalezas y experiencias individuales.
EL PROPÓSITO DEL VIAJE
Nuestro deber es crecer en el fruto del Espíritu de
Dios e internalizar sus leyes—elementos ambos que son necesarios para
desarrollar el carácter de Dios dentro de nosotros. La Biblia nos aconseja
guardar diligentemente sus leyes, y Santiago nos advierte que pidamos sabiduría
como parte del proceso. “Guarden
cuidadosamente los mandamientos del SEÑOR su Dios y sus testimonios y leyes que
les ha mandado.” (Deuteronomio 6:17), “Y
si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídala a Dios —quien da a todos con
liberalidad y sin reprochar— y le será dada.” (Santiago 1:5). La sabiduría
y el discernimiento son rasgos importantes que podemos desarrollar mientras
vivimos los requisitos de una vida justa. Aplicarnos a aprender las leyes de
Dios y ponerlas en práctica también contribuirá en gran medida a demostrar
nuestro compromiso de entender y desarrollar el carácter de Dios.
EL TIPO DE VIAJE
El apóstol Pablo comparó la trayectoria de su vida con
una carrera atlética, y extendió esta analogía a la vida de los miembros de la
Iglesia. “¿No saben que los que corren
en el estadio, todos a la verdad corren, pero solo uno lleva el premio? Corran
de tal manera que lo obtengan. Y todo aquel que lucha se disciplina en todo.
Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible; nosotros, en cambio, para
una incorruptible. Por eso yo corro así, no como a la ventura; peleo así, no
como quien golpea al aire.” (1 Corintios 9:24-26). Sin embargo, se trata de
una carrera atlética inusual, diseñada a propósito para que no compitamos
contra otros seres humanos. Sólo competimos contra nosotros mismos, y medimos
nuestro éxito o fracaso según las leyes de Dios. Cada carrera tiene una
duración diferente, y cada una tiene lugar en pistas diferentes.
Una característica común entre nuestras carreras
individuales es que Dios permite diferentes pruebas y dificultades que se
encontrarán en el camino. Dios sabe lo que cada persona necesita para alcanzar
el carácter y la experiencia necesarios para el futuro en su reino. Somos muy
importantes para Dios, y Él desea mucho que alcancemos el reino. Por lo tanto,
podemos estar seguros de que Dios seguirá interviniendo en nuestras vidas y
guiará nuestros caminos.
COMPORTAMIENTO
HACIA NUESTROS HERMANOS
La analogía de correr una carrera no fue destinada
para promover la competencia entre los miembros de la Iglesia. No corremos para
vencer a nadie más. Este tipo de competencia no tiene propósito en un viaje hacia
el reino y, en cambio, alimenta un sistema de rivalidad y oposición, algo que
Dios no aprueba. Debemos prestar atención a nuestra propia ruta y nuestras
propias estadísticas de carrera y medirlas en función del estándar de
Jesucristo.
Tampoco debemos juzgar (condenar) a otros en el
Cuerpo. Podemos ser capaces de discernir si algo que vemos no está de acuerdo
con las normas de Dios, pero el juicio debe detenerse allí, y no aventurarse a
convertirnos en personas críticas hacia una persona. No estamos calificados
para hacer juicios acerca de su intención o su corazón. No estamos al tanto de
todos los hechos necesarios para ser precisos, como lo está Dios. No conocemos
sus mentes ni sus corazones, ni sabemos necesariamente dónde empezaron su
camino y dónde se encuentran actualmente. Además, no siempre conocemos las
dificultades que ya han superado. Como seres humanos, simplemente no tenemos la
perspectiva ni la capacidad para juzgar adecuadamente a otras personas, y
francamente, Dios dice que esa es su prerrogativa. “Hay un solo Dador de la ley y Juez quien es poderoso para salvar y
destruir. Pero ¿quién eres tú que juzgas a tu prójimo?” (Santiago 4:12).
A veces, cuando un miembro parece estar sufriendo
muchas pruebas, debemos hacer todo lo posible para fortalecerlo y apoyarlo.
Aquellos con quienes Dios está trabajando a menudo están en medio de una
prueba. Dios dice que castigará a los que ama cuando sea necesario. Nadie
destinado al reino experimentará una vida sin dificultades; “¿Y ya han olvidado la exhortación que se
les dirige como a hijos? Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor ni
desmayes cuando seas reprendido por él. Porque el Señor disciplina al que ama y
castiga a todo el que recibe como hijo. Permanezcan bajo la disciplina; Dios
los está tratando como a hijos. Porque, ¿Qué hijo es aquel a quien su padre no
disciplina?” (Hebreos 12:5–7). Debería ser una señal alentadora que nuestra
vida esté siendo observada por Dios, y Él está haciendo las correcciones
necesarias en nuestro curso. Solo Dios sabe cómo y por qué las personas
producen fruto en sus vidas de manera diferente. Debemos recordar que Dios no
espera que cada miembro produzca el mismo fruto en el mismo tiempo y cantidad. “Y otra parte cayó en buena tierra y dio
fruto, una a ciento, otra a sesenta y otra a treinta por uno.” (Mateo 13:8).
"Después de la vital celebración anual de la
Pascua, podemos continuar nuestro autoexamen a medida que avanzamos a lo largo
del año hacia Pentecostés y más allá. Podemos pedir a Dios que nos ayude a ver
en qué hemos fallado y de qué debemos arrepentirnos para continuar la vida como
personas libres en Cristo—no una vida en esclavitud del pecado."
COMPARACIÓN CON
CRISTO
Durante la Pascua cada año, utilizamos el
discernimiento y la sabiduría que hemos ganado del Espíritu de Dios para
considerar nuestras propias vidas. Es un momento para realizar un autoexamen
analítico y comparar la vida que hemos vivido en el último año con los
mandamientos y el ejemplo de Cristo. Podemos hacernos preguntas incisivas y
responderlas honestamente. ¿Qué tal estamos en las áreas que Cristo modeló para
nosotros? ¿Hemos abrazado el aprendizaje? ¿Estamos buscando celosamente la
comprensión? ¿Qué tan comprometidos estamos en vivir un ejemplo de rectitud?
¿Hemos identificado algo que podría considerarse un ídolo en nuestras vidas?
¿Estamos trabajando activamente en un plan para tratar con ello? ¿Hemos crecido
en mostrar amor y gracia a los hermanos? ¿Hemos tomado acciones específicas
para servir a aquellos en nuestras congregaciones, incluso si la acción está
fuera de nuestra zona de confort? ¿Estamos orando diligentemente por todos?
¿Actuamos como animadores para nuestra familia espiritual? ¿Nos esforzamos por
vivir una vida que refleje al Espíritu Santo en nosotros? ¿Hemos señalado las
áreas que necesitamos mejorar mientras continuamos creciendo en la gracia y el
conocimiento de Jesucristo?
Luego de la vital observancia anual de la Pascua,
podemos continuar nuestro autoexamen a medida que avanzamos a lo largo del año
hacia el Pentecostés y más allá. Podemos pedirle a Dios que nos ayude a ver
dónde hemos fallado y de qué debemos arrepentirnos para continuar viviendo la
vida de una persona libre en Cristo—no una vida en esclavitud al pecado. Es
algo apacible y reconfortante presentarnos ante un Dios que nos conoce a fondo,
que tiene nuestro mejor interés en mente y que siempre aceptará nuestras disculpas
sinceras. Cada día, es bueno reconocer y apreciar el papel de Cristo y estar
agradecidos de que nuestros pecados puedan ser cubiertos por su sacrificio. El
saber que Dios quiere que nos unamos a Él en su reino, que conoce nuestras
debilidades y tratará con nosotros con ternura mientras trabajamos diariamente
para superarlas, es de un valor y aliento inmenso.
Dios está directamente involucrado en las vidas de
aquellos que ha llamado a su Iglesia. Él nos proporcionará las situaciones de
aprendizaje que necesitamos para alcanzar las calificaciones requeridas para
entrar en el reino. Nos dará sabiduría y discernimiento si se lo pedimos, y nos
dará la capacidad de juzgarnos a nosotros mismos en comparación con Cristo. Él
nos proveerá de su Espíritu para superar toda dificultad y nos capacitará para
resistir hasta el final de nuestra carrera. Él juzga con verdad y misericordia,
y podemos confiar en que Dios nos guiará fielmente a nuestro destino espiritual
en su reino.
Las citas de las Escrituras son de la versión Reina
Valera Actualizada - 2015, a menos que se indique lo contrario.
© 2024, Iglesia de Dios, una
Comunidad Internacional