SALVANDO A LA HUMANIDAD
David Hulme
CGN, Agosto 2024
En 1925, un hombre que había combatido en la Primera Guerra
Mundial y conocía personalmente el horror de ser bombardeado, reflexionó sobre
el peligro que veía en el horizonte con el desarrollo del conocimiento atómico.
El brillante científico J.B.S. Haldane escribió: “Si pudiéramos utilizar las fuerzas que ahora sabemos que existen en el
interior del átomo, tendríamos capacidades de destrucción tales, que no conozco
ninguna agencia aparte de la intervención divina que pudiera salvar a la
humanidad de una aniquilación completa y fulminante.”
Haldane era ateo. Quizás esto debería concentrar nuestra
atención en la preocupación que expresó. Si el llamado final de un ateo es
hacia Dios, es porque las cosas deben estar bastante mal en su estimación.
Veinte años después, las palabras de Haldane estuvieron muy cerca de hacerse
realidad con la prueba de la primera arma atómica en Nuevo México y el
posterior bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki por parte de los Estados
Unidos. Si hubiera sido posible que Japón u otros países tomaran represalias
similares, seguramente habría sido necesaria la intervención de Dios para
evitar la aniquilación humana en aquel entonces.
A medida que avanzaba la carrera armamentista nuclear en el
nuevo mundo bipolar de EE.UU. y la URSS, el nivel de amenaza aumentaba. Pero la
doctrina de la destrucción mutua asegurada parece haber mantenido al mundo
libre de un resultado catastrófico durante el período de la Guerra Fría. Ahora,
bajo condiciones multipolares más inestables, es posible que varias naciones
utilicen armas nucleares mucho más poderosas para iniciar una guerra o para
tomar represalias. Lo que Haldane previó en términos de aniquilación total se
ha vuelto mucho más probable y es precisamente lo que Jesús advirtió cuando
describió el cierre de la presente era: “Pues
habrá más angustia que en cualquier otro momento desde el principio del mundo.
Y jamás habrá una angustia tan grande. De hecho, a menos que se acorte ese
tiempo de calamidad, ni una sola persona sobrevivirá; pero se acortará por el
bien de los elegidos de Dios.” (Mateo 24:21-22, Nueva Traducción Viviente).
Esta declaración demuestra el abrumador deseo de Dios de que la raza humana sea
salvada de la aniquilación total. Dios está profundamente preocupado por Su
creación. Ha establecido los medios por los cuales la humanidad será salvada
físicamente. El Padre intervendrá en los asuntos humanos enviando a Cristo de
regreso para prevenir una guerra catastrófica y para establecer el reino de
Dios en la tierra.
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“Si pudiéramos utilizar las fuerzas que ahora sabemos que
existen dentro del átomo, tendríamos tales capacidades de destrucción que no
conozco ninguna agencia, aparte de la intervención divina, que salvaría a la
humanidad de una aniquilación completa y absoluta.” —J.B.S. Haldane
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Inmediatamente después de la extensa respuesta de Jesús a
las preguntas de sus discípulos sobre el fin de los tiempos, se refirió a otro
tipo de intervención salvadora. Dijo: “Saben
que después de dos días se celebra la Pascua y el Hijo del Hombre va a ser
entregado para ser crucificado”. (Mateo 26:2).
Esto pone de relieve una segunda forma en la que Dios ha
provisto para salvar a la humanidad—esta vez de la aniquilación espiritual
resultante del pecado no arrepentido. Nuevamente, vemos el profundo amor que el
Padre y el Hijo tienen por toda la humanidad: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida
eterna." (Juan 3:16). Ahora, Dios amó al mundo desde el principio, y
conociendo la posibilidad de la falla espiritual humana a través del pecado, Su
plan abordó esa eventualidad al designar al segundo miembro de la familia de
Dios como la ofrenda sacrificial por el pecado humano: “Él, a la verdad, fue destinado desde antes de la fundación del mundo,
pero ha sido manifestado en los últimos tiempos por causa de ustedes.” (1
Pedro 1:20) Cristo “Se ha presentado una
vez para siempre en la consumación de los siglos para quitar el pecado mediante
el sacrificio de sí mismo.” (Hebreos 9:26).
De este modo, cada ser humano puede elegir ser preservado
de la aniquilación espiritual. Hay un orden temporal para es llamamiento. Para
los llamados en esta época, el precursor de la vida eterna es ser transferidos
simbólicamente al reino de Dios ahora, habiendo aceptado el sacrificio de
Cristo, y “continuando en la fe, arraigados y firmes”, como lo muestra
Colosenses 1:13–14, 23: “Él
nos ha librado de la autoridad de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de
su Hijo amado, en quien tenemos redención, el perdón de los pecados […] Por
cuanto permanecen fundados y firmes en la fe, sin ser removidos de la esperanza
del evangelio que han oído, el cual ha sido predicado en toda la creación
debajo del cielo.” A los que sean llamados más tarde se les dará la misma
oportunidad en el Milenio y en el período del Juicio del Gran Trono Blanco.
El plan de Dios es extraordinario en todos los niveles.
Pablo lo expresó de esta manera: “¡Qué
profundo es el conocimiento, la riqueza y la sabiduría de Dios! ¡Qué
indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos!” (Romanos 11:33,
Nueva Versión Internacional). El plan original de Dios para la humanidad, la
cúspide de su creación, es que cada uno de nosotros se convierta en semejante a
Él en carácter espiritual a través de un proceso que Él ha diseñado para
nuestro beneficio eterno. Nuestra cooperación voluntaria en ese proceso es lo
que nos liberará de la pena de muerte por el pecado para darnos vida eterna: “Porque la paga del pecado es muerte,
mientras que el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.”
(Romanos 6:23, Nueva Versión Internacional).
Las citas de las Escrituras son de la versión Reina
Valera Actualizada - 2015, a menos que se indique lo contrario.
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