Tim Dicen
CGN, Abril 2025
A medida que el nuevo ciclo
anual de los días santos de Dios comienza de nuevo, se nos recuerda la
importancia de su plan para la humanidad. A lo largo del año, pensamos y
consideramos detenidamente el significado de las temporadas de los días santos
para poder reflexionar sobre nuestro propósito y sobre las cosas que
necesitamos evaluar, cambiar y desarrollar a medida que recorremos el camino
que Dios ha trazado para nosotros. Podemos convertir en un hábito este tipo de
reflexión, que es importante para nosotros como pueblo de Dios.
Nos miramos en el espejo casi
todos los días —a menudo muchas veces al día—cuando vamos al trabajo, antes de
un acontecimiento o una situación importante, para comprobar si vemos algo en
nuestra cara, o para comprobar si nos vemos bien. Comprobar cómo nos vemos en
el espejo se ha convertido en parte de nuestras vidas. Aunque sólo se trata de
comprobar el reflejo de la superficie (nuestro cuerpo, nuestro rostro), una
reflexión más profunda que examine nuestro carácter, nuestras acciones o
nuestro propósito también puede estar relacionada con el hecho de mirarnos en
el espejo.
En lugar de la imagen que
vemos en un espejo, examinaremos el otro significado de reflexión: «un
pensamiento serio y cuidadoso», según la definición del Diccionario
Cambridge. Este tipo de reflexión puede conducir al desarrollo, el
crecimiento y la comprensión de lo que somos. Al igual que nos revisamos
físicamente cada día, también podemos tomarnos tiempo para reflexionar sobre
nosotros mismos, revisar nuestro carácter, nuestro propósito y qué tan acertadamente
estamos avanzando en el camino correcto.
«Como
seguidores del camino, la reflexión nos recuerda quiénes somos en comparación
con el ejemplo de Jesucristo. Comprendemos que estamos hechos a imagen de Dios
y llamados a ser sus hijos. Cuando reflexionamos sobre esto, comprendemos que
nuestra verdadera identidad está en Dios.»
La reflexión es una parte
importante de nuestro camino espiritual; la Biblia nos enseña a examinarnos y a
crecer en el Espíritu. Podemos aprovechar cada día como una oportunidad para
reflexionar. Este acto de mirarnos en el «espejo» puede ayudarnos a darnos
cuenta de lo que necesitamos cambiar y de lo que necesitamos seguir
desarrollando, para mantenernos en línea con el propósito de Dios.
Exploremos tres lecciones
clave sobre la reflexión.
1. Ver lo que
hay que cambiar.
Cuando nos miramos al espejo,
a menudo reconocemos cosas que no nos gustan, así que queremos cambiarlas. A
veces puede ser una mancha de suciedad, o quizá hemos tocado una olla que se
usaba para cocinar sobre carbón y accidentalmente nos tocamos la cara,
transfiriendo hollín a nuestro rostro. O para un artista que trabaja con carbón
o pintura, tener algunas manchas es común, por lo que después de trabajar en
nuestro arte confiamos en un espejo para eliminar esas manchas. Del mismo modo,
puede haber aspectos de nuestra vida que queramos cambiar, aspectos que no
estén de acuerdo con la voluntad de Dios. Puede tratarse de un mal hábito, un
comportamiento erróneo o una actitud equivocada.
La Biblia nos recuerda:
«Examínense a ustedes mismos, para ver si están en la fe. Examínense a ustedes
mismos» (2 Corintios 13:5, Versión Inglesa Estándar). La reflexión nos ayuda a
identificar aquello en lo que debemos trabajar. Podemos pedir ayuda a Dios para
ello.
Luego hay actitudes y
comportamientos que podemos pasar por alto, sin darnos cuenta de que no son
correctos. Por ejemplo, podemos tener una actitud que ofenda involuntariamente
a los demás, pero no somos conscientes de ello. Esta actitud puede ser el resultado
de nuestro entorno o de experiencias pasadas, y podemos creer que es normal
para nosotros.
A través de la reflexión y con
la ayuda de Dios, nos examinamos a nosotros mismos para revelar estos
comportamientos o actitudes erróneos. Entonces podemos actuar para superarlos.
Sabemos que, a través del sacrificio de Cristo, el perdón está disponible si lo
pedimos y trabajamos para asegurarnos de continuar en el camino de la
redención. Pero primero, necesitamos reconocer los cambios que deben ocurrir
para que podamos proceder con un desarrollo en Dios.
2. Retener y
continuar en lo que es correcto.
Volviendo a mirar nuestro
reflejo en el espejo, hay cosas que no cambiamos porque podemos ver que son correctas.
Por ejemplo, cuando vamos a un evento y hay un código de vestimenta, verificamos
si estamos vestidos apropiadamente para la ocasión. Del mismo modo, cuando
reflexionamos sobre nosotros mismos, tenemos ciertas cualidades que reflejan un
carácter de santidad. Son aspectos que se alinean con las enseñanzas de Dios, y
debemos conservarlos. Puede que seamos bondadosos, generosos o cariñosos con
los demás. Ayudamos sin que nos lo pidan, podemos ser considerados, amables y
pacientes. Podemos ser cuidadosos con nuestras palabras, caminamos con
humildad. Conocemos los frutos del Espíritu y debemos conservar todas las
cualidades que tenemos, aunque somos conscientes de que siempre podemos seguir
mejorando.
La reflexión nos da la
oportunidad de reconocer aspectos de nuestra vida que debemos reconocer para
conservarlos y continuar haciéndolos. Entendemos que es nuestra tarea seguir
desarrollando un carácter santo. En 2 Pedro 1:5-8, leemos «Y por esto mismo,
poniendo todo empeño, añadan a su fe, virtud; a la virtud, conocimiento; al
conocimiento, dominio propio; al dominio propio, perseverancia, a la
perseverancia, devoción; a la devoción, afecto fraternal; y al afecto
fraternal, amor. Porque cuando estas cosas están en ustedes y abundan, no los
dejarán estar ociosos ni estériles en el conocimiento de nuestro
Señor Jesucristo.»
Nuestro camino para formar
parte del reino de Dios es uno de desarrollo. Nos esforzamos por crecer para
parecernos a Él cada día, por lo que es importante examinarnos a nosotros
mismos y no sólo ver lo que hay que cambiar en nosotros, sino también cultivar
y ampliar las cualidades con las que sí contamos, para la gloria de Dios.
«Esta
identidad nunca debe ser olvidada o ensombrecida por las distracciones del
mundo. Debemos seguir caminando en esa verdad y dejar que guíe nuestras vidas.»
3. Recordar
nuestra verdadera identidad como hijos de Dios
Cuando nos miramos en el
espejo, ya sabemos quiénes somos, pero quizá haya momentos en los que nos
miremos y sepamos que algo no va bien. ¿Han experimentado un momento en el que
están tan estresados por el trabajo o alguna cosa del trabajo realmente está
desafiando su paciencia, y se convierten en una persona enfadada que se molesta
fácilmente incluso por las cosas más pequeñas? ¿Quizás nuestro reflejo en el
espejo es el de alguien que no tiene energía o alegría o es alguien
desconectado de quien desea ser? Cuando nos damos cuenta de que esta imagen no
refleja nuestra identidad de santidad, podemos tomarlo como una llamada de
atención para cambiar.
Como seguidores del camino, la
reflexión nos recuerda quiénes somos en comparación con el ejemplo de
Jesucristo. Entendemos que estamos hechos a imagen de Dios, llamados a ser sus
hijos (1 Juan 3:1). Cuando reflexionamos sobre esto, comprendemos que nuestra
verdadera identidad está en Dios. Esta identidad nunca debe ser olvidada o
ensombrecida por las distracciones del mundo. Debemos seguir caminando en esa
verdad y dejar que guíe nuestras vidas.
Tenemos un recordatorio de
esto en Santiago 1:23-24: «Porque cuando alguno es oidor de la palabra y no
hacedor de ella, este es semejante al hombre que mira su cara natural en un
espejo. Se mira a sí mismo y se marcha, y en seguida
olvida cómo era.»
Este versículo muestra la
importancia de saber quiénes somos, que debemos considerar seriamente nuestra
identidad mientras nos esforzamos por adaptar las cualidades de Dios. Hay un
grave peligro en no hacer algo con nuestra vocación: perder nuestra identidad y
perder nuestro propósito en la vida, el cual es formar parte del reino de Dios.
Por eso es tan importante dedicar tiempo a la reflexión. Profundizar en
nosotros mismos y comprender quiénes somos nos ayuda a tomar decisiones
adecuadas en la vida, que estén alineadas con nuestro propósito como hijos de
Dios.
Podemos pedir ayuda a Dios,
como hizo el rey David hace tantos años: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro
y renueva un espíritu firme dentro de mí.» (Salmos 51:10).
Mientras reflexionamos,
podemos pedir a Dios que nos ayude a ver las cosas que necesitamos cambiar, las
cosas que debemos conservar y, sobre todo, tener una comprensión plena de
quiénes somos, y luego trabajar cada día para ser un vaso de carácter santo—un
reflejo con el que podamos estar contentos.
Las citas de las Escrituras son de la versión Reina Valera Actualizada -
2015, a menos que se indique lo contrario.
© 2025, Iglesia de Dios, una Comunidad Internacional